¿Podría el fascismo tomar el poder en EEUU?

Ángel Josué Arias @ajarias1926 en Twitter

Mientras millones de personas en Estados Unidos y en todo el mundo veían por televisión cómo se desarrollaba la insurrección del 6 de enero en Washington D.C., muchos nos preguntábamos si el ataque al Capitolio era un evento aislado o una señal de que la república estadounidense estaba llegando a su fin.

Si bien el infame ataque no derrocó el sistema democrático estadounidense, reveló condiciones en esa sociedad que pueden catapultar a un gobierno fascista al poder.

Esas condiciones que existen en la arena política estadounidense hoy día son las mismas que embelesaron a millones de hombres y facilitaron el ascenso al poder de regímenes fascistas durante el siglo XX: un líder demagógico, capaz de movilizar a su gente para que cometan actos de terror y dispuesto a colocarse por encima del Estado y las leyes ; una milicia armada y decidida a cometer actos de violencia bajo las órdenes de ese líder; y una ficción o ideología que justifique actos de violencia que lleven el líder al poder 

Italia en la década de 1920 tenía a Benito Mussolini, los escuadrones de camisas negras que aterrorizaban a los opositores políticos y la ficción de que los problemas de Italia podrían atribuirse a la influencia amenazante de los mercados extranjeros. Estados Unidos ahora tiene a Donald Trump, los Oath Keepers (milicia armada compuesta por racistas leales a Trump) y las descabelladas teorías de conspiración bajo el manto de QAnon.

Pero la condición más peligrosa dentro de la cual prospera el fascismo, es la ideología o ficción con apariencia filosófica creada por un movimiento en masas para legitimar una agenda autocrática.

El poeta francés Paul Valéry decía que “no se puede gobernar con pura coerción; también hacen falta fuerzas ficticias”.

Históricamente, estas fuerzas ficticias han sido parte de la política e instrumentales en la fundación de Estados – justificando conquistas o invasiones violentas y utilizadas como herramienta para criticar una sociedad. Conocemos este tipo de ficción política como utopismo, y puede usarse para causas benignas o macabras.

Los griegos se creían superiores a los no griegos o bárbaros, ideología que inspiró a Alejandro Magno a conquistar lo que se conocía como mundo en ese entonces; algunos judíos creen, hasta el día de hoy, que son el pueblo elegido por Dios, una ficción utilizada para justificar el desplazamiento de palestinos de sus territorios; y  todavía seguimos luchando con un ideal de Estados Unidos que originó en el siglo XVII y que pinta al imperio como la «ciudad brillante sobre la colina» –mientras olvidamos que los EEUU se fundó con el exterminio de los nativos americanos y la esclavización de personas de la raza Negra.

El peligro que presentan las ficciones fascistas, sin embargo, es que en lugar de utilizar la ideología para fundar, criticar o conjurar una visión futurista de la sociedad, inserta la idea en el mundo con el objetivo de crear división o socavarlo por completo.

Las narrativas fascistas tienen un efecto en la realidad similar al que tuvo la enciclopedia de Uqbar en el cuento de Jorge Luis Borge, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. La enciclopedia descubierta por Borges (el personaje principal y narrador) tiene un lenguaje y reglas que proveen un principio que ordena el caótico universo. Lo hace por medio de una referencia a una región fantástica de Uqbar, Tlön, que ha logrado descifrar los “misterios de la humanidad” a través del lenguaje. Hacia el final del cuento, Borges anuncia la inminente destrucción de su realidad, debido a un supuesto “contacto” con Tlön. El universo ideal que llegó a ser conocido como Tlön, dice Borges, ha “desintegrado este mundo” al invadir las escuelas con la enseñanza de un “lenguaje primitivo” y una narrativa histórica que, aunque armoniosa, es totalmente ficticias y obliteran todo lo que es real.

Al final del cuento, el narrador cierra con una terrible declaración: “el mundo será Tlön”. Del mismo modo, las narrativas fascistas se insertan en la realidad y lentamente perturban o corrompen a la sociedad (como un virus) hasta el punto en que aquellos que actúan en ella no pueden distinguir lo que es verdadero de lo que es falso.

Una encuesta realizada en 2020 por el periódico USA Today reveló que el 37% de los seguidores de Trump cree en las desacertadas teorías de conspiración conocidas como QAnon. En esencia, estas seguridades erróneas –promovidas por el expresidente Trump en Twitter– acusan a los Demócratas de formar parte de una clase élite de pedófilos chupasangre que adoran a Satanás y que pretenden controlar la política y los medios de comunicación estadounidenses.

Las teorías conspirativas de QAnon también promueven la “gran mentira” sobre las elecciones presidenciales de 2020, diseminando que Trump ganó y que éste sigue siendo el presidente legítimo de EEUU. Esas conjeturas se hicieron muy populares dentro del partido Republicano.

Cuando Donald Trump dice que ganó las elecciones presidenciales de 2020 o que hubo un fraude electoral masivo –mientras las matemáticas muestran que Joe Biden lo derrotó claramente– está mostrando su voluntad de distorsionar la realidad para su propio beneficio.

Al repetir ficciones fascistas como la de QAnon, el objetivo de Trump es destruir la confianza de sus ávidos seguidores en el Estado americano, aislar a esas personas de las instituciones democráticas y afirmar el control sobre una realidad alternativa creada por él mismo.

Una encuesta de la cadena de radio nacional (NPR por sus siglas en inglés) reveló que dos de cada tres republicanos ahora creen que Trump ganó las elecciones de 2020.

En el libro Los orígenes del Totalitarismo, la filósofa alemana Hannah Arendt señaló que los seguidores de movimientos de masas como el Haz América grande  otra vez  (MAGA) y QAnon, no están necesariamente motivados por el interés de mejorar el mundo, sino “por el deseo de escapar de la realidad, porque en su falta de hogar esencial, ya no pueden soportar sus aspectos accidentales e incomprensibles”.

Las mentiras de Donald Trump se han convertido en un muro ficticio que separa a sus seguidores del desordenado (pero real) mundo público. Al igual que en el cuento de Borges, los crapulosos seguidores del movimiento MAGA han renunciado al mundo del sentido común y lo han sustituido por un cuento de hadas predecible, inequívoco y coherente que solo existe en sus mentes nebulosas. Eso solo podría significar una cosa: que su capacidad de pensar críticamente, de distinguir la verdad de las mentiras y de identificarse con los Estados Unidos de América se ha erosionado.

Todavía es debatible si EEUU puede descender o ceder ante un régimen fascista. Pero la ficción ya existe para urdir y justificar el movimiento.

 

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