Sobre el matrimonio entre menores de edad

Jeremías Brafett Jhonson jbrafet@gmail.com

Uno se envuelve en sus quehaceres y termina creyendo que ciertos temas ya quedaron resueltos, pues parecen propios de sociedades poco civilizadas. Pero  de repente nos damos cuenta de que mientras la sociedad cree avanzar, va colocando entre sus normalidades asuntos hasta inhumanos. Tal es el caso de los matrimonios entre menores de edad. 

¿En qué cabeza cabe la idea de que dos menores pueden conducir familia alguna? ¿A quién se le ocurre pensar que el cuerpo y los ideales de una adolescente y los de  una persona ya adulta pueden rimar al menos asonantemente? ¿Es que acaso no nos hemos dado cuenta de que la relación entre los seres humanos es compleja? ¿No sabemos que la complejidad de las relaciones entre los seres humanos se hace mayor cuando se trata de dos adolescentes o de un adolescente y un adulto que pretenden emprender juntos algún camino?

El problema es que en muchas familias el matrimonio de una adolescente con una persona ya adulta constituye el camino para salir de la pobreza o al menos colocarse en el camino de la estabilidad, mientras que, casar a dos menores que hayan “metido la pata” es la forma de liberarse de la “vergüenza social”.

En esta semana leí en la prensa y escuché decir que el legislador José Horacio Rodríguez enarbolaba un proyecto de ley tendente a la solución de este problema. Esta es una iniciativa loable puesto que demuestra que algún miembro de uno de los poderes del estado está interesado en el tema.

Ahora bien, es pertinente reconocer que una ley por sí sola no resolvería el problema. Todos los padres de familia, los directores de escuelas, los maestros, los pastores, los sacerdotes, los que están en medios de comunicación, pueden aportar alguna cuota, orientando y educando en todo momento. 

Claro está, se podría pensar que mientras haya familias sumidas en la pobreza será difícil enfrentar el problema, pero la pobreza no es  excusa, más bien hay que reconocer que en una familia pobre, sin educación y con poca orientación en valores el sonido de las tripas vacías suele ser más fuerte que el de las campanas de la moral. 

Siendo las cosas así, la clave es la educación. Ayudar  a la gente a entender el valor de la vida de sus hijos. Orientar a los padres de familia para que entiendan que si se cría con valores, los muchachos no estarán desesperados por meterse en matrimonio a destiempo. 

Los gobiernos también tienen mucho trabajo por hacer respecto a la pobreza, no para convertir a nadie en rico, sino para, junto a la educación, ayudar a las familias a enfrentar mejor la vida y así evitar que en busca de ingresos o por falta de oportunidades nuestros adolescentes sigan desgraciando sus vidas en matrimonios para los que no están preparados.

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