Danilo Medina: el demagogo de la política dominicana

Por Ángel Josué Arias

Aparte de la corrupción rampante en el Estado, la crisis sanitaria causada por el COVID-19 y la enorme deuda externa, Danilo Medina le hereda al presidente electo, Luis Abinader, un diálogo bastante tóxico sobre clases sociales y la política en la República Dominicana. 

Este diálogo surgió cuando el presidente Medina postuló a dos figuras del entretenimiento, Bolívar Valera “El Boli” y Santiago Matías “Alofoque”, como diputados por el Partido de la Liberación Dominicana. Santiago Matías desistió de sus aspiraciones políticas, pero Valera continuó hasta convertirse en diputado por Santo Domingo Este.

La propuesta de Danilo fue motivo de controversia en las redes sociales y los medios de comunicación. Mientras que muchos aplaudían el hecho de que jóvenes se interesaran en la política, otros críticos rechazaban la idea, alegando que ninguno de los dos influencers poseía la experiencia en el ejercicio político ni tampoco una formación intelectual sólida para desempeñar un cargo público. 

A simple vista, el único “capital político” que poseían ambos jóvenes era el más de un millón (cada uno) de seguidores en las redes sociales. En aquel momento, las diversas opiniones nos llevaron a preguntar lo siguiente: ¿Debería un ciudadano postularse a un cargo político, aunque este no posea experiencia en administración pública, una formación intelectual para desempeñar el cargo, o un entendimiento básico de la idiosincrasia dominicana? 

Sabemos que los requisitos constitucionales no contemplan la experiencia ni formación académica para que un dominicano aspire a senador o diputado. Pero el hecho que la Constitución no haga mención explícita de dichos requisitos no quiere decir que un cargo público no lo exija. 

Más que educación, yo diría que los gobernantes deberían de tener cultura. Cuando hablo de una persona culta, no estoy hablando necesariamente de un erudito, sino de una persona con el juicio necesario para cuidar y decidir cómo se debe humanizar el mundo político, independientemente de sus intereses o deseos personales.   

Cuando el presidente Medina les plantó la idea de postularse como diputados a los dos jóvenes,  pocos se imaginaron la estrategia detrás de aquel experimento. Pero todo se aclaró cuando el presidente (a quien la Constitución le impedía reelegirse) apoyó a Gonzalo Castillo como precandidato presidencial del PLD, por encima del estadista y tres veces presidente de la República, Leonel Fernández Reyna. 

La estrategia de Medina y de aquellos encargados de la publicidad del candidato era proyectar a Gonzalo Castillo –un hombre de discurso llano y proveniente de una familia muy humilde– como El Mesías de los marginados en la política dominicana. Al menos eso era lo que pretendía Danilo Medina al promover a Gonzalo Castillo como un hombre de pueblo, que regalaba (usando todos los recursos del estado) pan, salami, gas, arroz, y otros productos de primera necesidad.  

En otras palabras, la táctica era crear un movimiento alrededor de El Penco, Alofoque y El Boli, individuos relativamente exitosos y provenientes de las masas populares, mismas que componen la mayoría del electorado dominicano. Al mismo tiempo, esta campaña estaba dirigida a fabricar un contraste político/social entre su movimiento y la figura de Luis Abinader, presidente electo de la República Dominicana. Abinader representaba, para los propósitos del presidente Medina, a la élite, ya que viene de una familia muy bien posicionada económicamente y parte de la política por tradición. 

 Ahora que las elecciones terminaron y que, por un lado, Abinader ganó la presidencia, y por el otro, Bolívar Valera ganó una de las diputaciones de Santo Domingo Este, las campañas cesan pero no la división creadas en ella. 

Estas campañas que pusieron en práctica el PLD y Danilo Medina, representan una forma de decadencia en la democracia. A estas tácticas politiqueras se le llama demagogia, y Danilo Medina es su principal practicante en la República Dominicana de hoy.

Aunque la palabra demagogo (del griego dēmagōgós) ha sido abusada, atropellada y maltratada por los cantantes de música urbana, el vocablo origina en un contexto político, y se emplea para referirse a un orador que obtiene el favor de las masas fomentando odio y división a través de su discurso. 

Trescientos años antes de Cristo, Platón nos advertía que el demagogo oportunista representa el ocaso de un sistema democrático y el derrotero hacia un gobierno tiránico.

En el libro VIII de la República, Platón advierte que, aparte de calumniar a sus opositores y despreciar las leyes del Estado, el demagogo se declara el defensor de las masas e “incita facciones contra otras más acaudaladas”. El peligro que presentan los demagogos no está necesariamente en que mientan o en que violen las leyes, la mayoría de nuestros gobiernos lo hacen; el peligro radica en su discurso, que es usado para promover violencia y división en el mundo político.

Vale la pena resaltar aquí que no milito bajo ninguna insignia política ni simpatizo con ningún candidato de las pasadas elecciones. De hecho, a mí me parecen desagradables los fanatismos políticos y las lealtades exacerbadas hacia cualquier agrupación humana, porque este tipo de sentimientos nos impiden pensar y ser críticos de nosotros mismos. Pero detesto aún más la demagogia y los enemigos de la libertad y la democracia. Creo que hay que darle una vitalidad nueva a nuestra democracia, para alejarla así de aquellos que constantemente la amenazan. 

Ahora que Danilo fue derrotado políticamente y que sus aspiraciones tiránicas fueron aplastadas por el sentido común y la sed de justicia del pueblo dominicano, hay un deseo palpable de unión, de cambio y de solidaridad en las calles. Pero para lograr esto, hay que desaparecer el lenguaje y la “lucha de clases” ficticias que creó el demagogo en jefe y sus esbirros. Para un gobierno verdaderamente democrático no deberían de existir la clase alta, media o baja, sino dominicanos y dominicanas. 

 

 

 

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